El silencio nocturno es momentáneamente profanado por una mujer que apresura su marcha baja la fina lluvia que empieza a caer. Sus tacones la delatan. El eco de éstos resuena de una forma estruendosa en todos los alrededores, dejando, cuando su sonido finalmente cesa, un vago rumor de su presencia. Me vuelvo a adaptar al silencio que tanto anhelo cada noche, pero los mismos tacones vuelven a retumbar en mis oídos. Esta vez no avanzan raudos, sino descompasados y con cierta dificultad. Una vez más, su sonido deja de ser audible, pero un amargo llanto le sucede, internándose en mis entrañas hasta el punto de estremecerme.
Sigo con la mirada fija en el techo de mi habitación, prestando infinita atención a lo que ocurre apenas a unos metros de distancia sin pretender por un instante levantarme a contemplar lo que realmente ocurre. Prefiero imaginarlo, darle un significado más profundo del que realmente tenga. Envolverlo en un halo de incertidumbre que me permita recrearme con el misterio que me invade al imaginar qué hace una mujer sollozando sin encontrar consuelo una tormentosa noche de verano.
Al eterno lamento que aún se perpetúa en la noche, se le suma el sonido de la lluvia, que ahora cae con más vehemencia. Parece que ni el aguacero logra arrancarle la amargura a esa mujer. Ella llora ajena a lo que le rodea; ajena a la tormenta y ajena a mí. La imagino apoyada en una fachada, quizá sentada en la acera o quizá de pie. En cualquier caso la imagino abatida, con una larga melena pelirroja que se adhiere caprichosamente a su piel por el efecto de la lluvia, con el maquillaje deshecho entre lágrimas, y con su alma rota.
Tras unos momentos elucubrando sobre la causa de tan acerbo pesar, parece que el llanto se disipa en la tormenta. Logro intuir ciertos rescoldos de la pena que hasta hace unos segundos inundaba mi habitación, pero todo atisbo de dolor queda ahora ahogado en su corazón.
Suspiro, embargado aún por la presencia de la enigmática mujer en mi pensamiento. Retiro la mirada del techo e intento olvidar todo lo ocurrido para adentrarme poco a poco en el reino de Morfeo.
Cuando doy todo por concluido, algo vuelve a llamar mi atención. Esta vez se trata de algo mucho más imperceptible. El ruido provocado por los tacones ha sido sustituido por un efímero caminar; unos pies que, desprovistos de un calzado que los cubra, avanzan lentamente sobre los charcos. La mujer, si es que aún se trata de ella, se vuelve a detener, en esta ocasión más cerca de mi ventana. Ahora oigo a la perfección lo que sucede, viviéndolo casi en primera persona.
Por instantes me parece ser yo quien jadea bajo la intemperie mientras, torpemente, abro el bolso. Esa acción me hace percatarme de lo nerviosa que está ahora la mujer. El correr de la cremallera es inconstante. Se trastabilla en tres ocasiones, pero finalmente consigue abrirlo. Después de oír cómo la mujer rebusca en su bolso, se produce un silencio asfixiante; un silencio que, sin saber el porqué, me devora por dentro hasta el punto de hacerme perder todo control de mis actos. Sin meditarlo, sin siquiera saber qué hago y por qué lo hago, me veo corriendo a oscuras hacia la ventana atemorizado ante lo que acabo de presagiar. Con el corazón desbocado y cada músculo de mi cuerpo pétreo, no alcanzo a presenciar lo que se cierne al otro lado del muro, aunque las señas de lo ocurrido se hacen igualmente evidentes ante mí.
Un fogonazo evapora las tinieblas de mi habitación, y un ruido hueco se apodera de mí. Me quedo paralizado, sin oír nada, sin ver nada, sin sentir nada… Al volver a ser consciente de lo que acabo de experimentar, reanudo mi marcha a la ventana, esta vez con una calma impropia de la situación. Miro a través de los cristales y ahora veo lo que realmente ocurre.
Bajo la lluvia, una mujer muy diferente a la que había imaginado, yace impertérrita, con la mirada posada sobre el cielo encapotado que parece llorar. Los ríos improvisados que corren calle abajo se encargan de eliminar cualquier indicio que haga recordar la atroz escena que sólo yo y este cielo enlutado acabamos de contemplar.
Ya nunca sabré por qué lloraba…
Brubo
No hay comentarios:
Publicar un comentario