Quizá resulte un tema algo agresivo, pero como no creo que tenga mucha trascendencia mediática (a pesar de la buena acogida que está teniendo el blog…) pues allá va.
Lo que aquí me ocupa no es otra cosa que la religión que tanto me trae de cabeza últimamente, y con últimamente me refiero aproximadamente a los dos últimos años. No quiero particularizar en ninguna en concreto, pues todas me parecen cortadas, en cierto modo, por el mismo patrón, y para que queden claros mis credenciales desde el principio debo admitir que no me considero contrario ni a la religión ni a la fe. Ni siquiera me considero ateo, pero sí contrario a la Iglesia y a todo lo que ésta implica. Explicaré el porqué.
Se me hace evidente que la religión es la invención humana a la que más partido se le ha sacado a lo largo de la historia, aunque no la más provechosa. En los libros encumbran a grandes inventores como Leonardo Da Vinci, Galileo o Edison, pero el que se llevaría la palma como inventor sería aquel buen señor que un día consideró oportuno imaginar un ser superior para dar consistencia a su propia vida. De ahí viene, en mi opinión, la religión. De un sentimiento compuesto por algo intrínseco en el ser humano: el miedo y el ansia por saber.
Partiendo de la base de que las religiones que hoy conocemos se me antojan bastante incoherentes, no las veo necesariamente como un mal, sino como un arma más con la que poder narcotizar a la gente impidiendo que ésta piense con cierta cordura. La frase marxista “la religión es el opio del pueblo” no me puede parecer más acertada, pues ni a los actuales gobiernos, con lo maquiavélicos que están resultando ser, se les hubiese ocurrido tamaña estratagema con la que mantener controlada a la plebe.
Pero hablemos de lo que realmente me incomoda: la Iglesia católica, que es la que me atañe de forma más directa. Desde hace unos años la considero uno de los grandes males de la sociedad en la que vivimos. Un elemento descohesionador cuya principal función es impedir el progreso en cualquiera de sus ámbitos. Ella es la responsable de que las técnicas experimentales no puedan prosperar en el terreno de la medicina, o de que la libertad social de ciertos colectivos como el homosexual no se haya podido desarrollar plenamente hasta hace muy poco tiempo. La Iglesia es esa institución capaz de ir a África para condenar el uso preservativo, sin tener en cuenta lo necesario que es en el mundo subdesarrollado para mantener a raya a enfermedades del calibre del SIDA.
Su falta de escrúpulos llega a tal punto, que modifican las doctrinas que imparten según sople el viento. Hace poco me enteré de que esa región antes denominada limbo había dejado de existir. ¿Por orden directa de Dios? Pues no exactamente. Más bien por que la Iglesia lo consideró así. Hoy existe el limbo, mañana no. Quizá despertemos algún día con la noticia de que el cielo ha sido clausurado por falta de personal o que el infierno se ha visto infestado por una plaga de ciervos cantarines que le han quitado ese ambiente tétrico al que estábamos acostumbrados (esto sería para encandilar al público infantil, claro). Todo sea por mantener sus pseudoconvicciones a salvo, o lo que es lo mismo, por infundir el miedo necesario a sus seguidores para que éstos sigan en el rebaño.
En muchas ocasiones, cuando despotrico sobre la Iglesia en mi casa, mi madre me espeta que debo mostrar cierto respeto por ella pero, ¿por qué se supone que debo mostrar respeto hacia algo que no respeta a casi nadie? Entiendo que gran parte del personal eclesiástico realmente tiene inquietud por ayudar a la gente, es decir, por comulgar con las ideas que originariamente vende la Iglesia como señas de identidad, pero también considero que esa gente ayudaría igual con Iglesia que sin ella. Por ello, creo que la Iglesia no sólo es prescindible, sino que su fin supondría un gran avance para la humanidad. Abogo por que la religión sea interpretada individualmente por cada creyente, y que no venga dada por una serie de ideas manidas por una institución que sólo pretende mantener cierto poder de decisión en el mundo actual. La libertad de creencia podría enriquecer mucho a las personas, hacerlas pensar sobre cosas que se escapan un poco del entendimiento humano adquiriendo así cierta independencia y recorrido intelectual, pero aprendiendo una serie de oraciones de memorieta como nos aprendíamos en el colegio las lecciones no se llega a ningún lado más que a una ignorancia que se lleva perpetuando desde que el ser humano recuerda.
Yo creo que, por el bien de la sociedad y de la coherencia, deberíamos despedirnos de uno de los últimos vestigios del pasado más atroz del ser humano. Digamos adiós a la Iglesia.
Brubo
la Iglesia aburre..buuuu desnudateeeeeeee bruboo!!
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