martes, 24 de agosto de 2010

El cerro

En un pueblecito de Toledo es donde aún permanece este cerro, melancólico por un pasado que nunca volverá. Lejano queda ya su apogeo, cuando cada noche se convertía en un hervidero de vida. Vida de cualquier edad, pero vida ansiosa por vivir.


Era como un ritual. Él ponía el sitio y el resto lo convertíamos en una representación diferente cada vez. Algunas noches habría sido envidiado por las propias Vegas, otras se convertía en un improvisado café donde cada uno contaba sus vivencias. Desde los más jóvenes con sus problemas en el colegio, hasta los mayores del grupo, con mucha historia a sus espaldas. Siempre había cabida para el entretenimiento.


Pocas cosas me gustaban de mi pueblo, pero siempre recordaré aquel cerro, y creo que siempre lo añoraré.


Las vidas con las que compartía aquellas noches de verano se fueron apagando poco a poco, y yo continué creciendo. Cada vez que ahora vuelvo a mi pueblo los recuerdos se apoderan de mí. Me parece revivir aquellas sensaciones, para al final acabarme dando cuenta de que todo eso es irrecuperable. De que lo que viví en mi infancia nunca volverá, y aquellas entrañables personas que me alegraban los días tampoco. Sólo permanecerán en el recuerdo de unos pocos afortunados que pudimos conocerlos.


En estos últimos meses he empezado a ser verdaderamente consciente de la fugacidad de la vida. No sólo por todos los que nos han dejado, sino porque me he dado cuenta de que yo tampoco soy el mismo. Aquel niño del cerro probablemente quedó en el cerro, al igual que el resto. A veces imagino que siguen allí, como cada verano, ignorantes del tiempo que al final los acalló.


Por el cerro, al que siempre reservaré un pedacito de mi memoria.


Brubo

miércoles, 30 de junio de 2010

Ecos a través de mi ventana



El silencio nocturno es momentáneamente profanado por una mujer que apresura su marcha baja la fina lluvia que empieza a caer. Sus tacones la delatan. El eco de éstos resuena de una forma estruendosa en todos los alrededores, dejando, cuando su sonido finalmente cesa, un vago rumor de su presencia. Me vuelvo a adaptar al silencio que tanto anhelo cada noche, pero los mismos tacones vuelven a retumbar en mis oídos. Esta vez no avanzan raudos, sino descompasados y con cierta dificultad. Una vez más, su sonido deja de ser audible, pero un amargo llanto le sucede, internándose en mis entrañas hasta el punto de estremecerme.


Sigo con la mirada fija en el techo de mi habitación, prestando infinita atención a lo que ocurre apenas a unos metros de distancia sin pretender por un instante levantarme a contemplar lo que realmente ocurre. Prefiero imaginarlo, darle un significado más profundo del que realmente tenga. Envolverlo en un halo de incertidumbre que me permita recrearme con el misterio que me invade al imaginar qué hace una mujer sollozando sin encontrar consuelo una tormentosa noche de verano.


Al eterno lamento que aún se perpetúa en la noche, se le suma el sonido de la lluvia, que ahora cae con más vehemencia. Parece que ni el aguacero logra arrancarle la amargura a esa mujer. Ella llora ajena a lo que le rodea; ajena a la tormenta y ajena a mí. La imagino apoyada en una fachada, quizá sentada en la acera o quizá de pie. En cualquier caso la imagino abatida, con una larga melena pelirroja que se adhiere caprichosamente a su piel por el efecto de la lluvia, con el maquillaje deshecho entre lágrimas, y con su alma rota.


Tras unos momentos elucubrando sobre la causa de tan acerbo pesar, parece que el llanto se disipa en la tormenta. Logro intuir ciertos rescoldos de la pena que hasta hace unos segundos inundaba mi habitación, pero todo atisbo de dolor queda ahora ahogado en su corazón.


Suspiro, embargado aún por la presencia de la enigmática mujer en mi pensamiento. Retiro la mirada del techo e intento olvidar todo lo ocurrido para adentrarme poco a poco en el reino de Morfeo.


Cuando doy todo por concluido, algo vuelve a llamar mi atención. Esta vez se trata de algo mucho más imperceptible. El ruido provocado por los tacones ha sido sustituido por un efímero caminar; unos pies que, desprovistos de un calzado que los cubra, avanzan lentamente sobre los charcos. La mujer, si es que aún se trata de ella, se vuelve a detener, en esta ocasión más cerca de mi ventana. Ahora oigo a la perfección lo que sucede, viviéndolo casi en primera persona.


Por instantes me parece ser yo quien jadea bajo la intemperie mientras, torpemente, abro el bolso. Esa acción me hace percatarme de lo nerviosa que está ahora la mujer. El correr de la cremallera es inconstante. Se trastabilla en tres ocasiones, pero finalmente consigue abrirlo. Después de oír cómo la mujer rebusca en su bolso, se produce un silencio asfixiante; un silencio que, sin saber el porqué, me devora por dentro hasta el punto de hacerme perder todo control de mis actos. Sin meditarlo, sin siquiera saber qué hago y por qué lo hago, me veo corriendo a oscuras hacia la ventana atemorizado ante lo que acabo de presagiar. Con el corazón desbocado y cada músculo de mi cuerpo pétreo, no alcanzo a presenciar lo que se cierne al otro lado del muro, aunque las señas de lo ocurrido se hacen igualmente evidentes ante mí.


Un fogonazo evapora las tinieblas de mi habitación, y un ruido hueco se apodera de mí. Me quedo paralizado, sin oír nada, sin ver nada, sin sentir nada… Al volver a ser consciente de lo que acabo de experimentar, reanudo mi marcha a la ventana, esta vez con una calma impropia de la situación. Miro a través de los cristales y ahora veo lo que realmente ocurre.


Bajo la lluvia, una mujer muy diferente a la que había imaginado, yace impertérrita, con la mirada posada sobre el cielo encapotado que parece llorar. Los ríos improvisados que corren calle abajo se encargan de eliminar cualquier indicio que haga recordar la atroz escena que sólo yo y este cielo enlutado acabamos de contemplar.


Ya nunca sabré por qué lloraba…


Brubo

lunes, 28 de junio de 2010

Digamos adiós a la Iglesia

Quizá resulte un tema algo agresivo, pero como no creo que tenga mucha trascendencia mediática (a pesar de la buena acogida que está teniendo el blog…) pues allá va.

Lo que aquí me ocupa no es otra cosa que la religión que tanto me trae de cabeza últimamente, y con últimamente me refiero aproximadamente a los dos últimos años. No quiero particularizar en ninguna en concreto, pues todas me parecen cortadas, en cierto modo, por el mismo patrón, y para que queden claros mis credenciales desde el principio debo admitir que no me considero contrario ni a la religión ni a la fe. Ni siquiera me considero ateo, pero sí contrario a la Iglesia y a todo lo que ésta implica. Explicaré el porqué.

Se me hace evidente que la religión es la invención humana a la que más partido se le ha sacado a lo largo de la historia, aunque no la más provechosa. En los libros encumbran a grandes inventores como Leonardo Da Vinci, Galileo o Edison, pero el que se llevaría la palma como inventor sería aquel buen señor que un día consideró oportuno imaginar un ser superior para dar consistencia a su propia vida. De ahí viene, en mi opinión, la religión. De un sentimiento compuesto por algo intrínseco en el ser humano: el miedo y el ansia por saber.

Partiendo de la base de que las religiones que hoy conocemos se me antojan bastante incoherentes, no las veo necesariamente como un mal, sino como un arma más con la que poder narcotizar a la gente impidiendo que ésta piense con cierta cordura. La frase marxista “la religión es el opio del pueblo” no me puede parecer más acertada, pues ni a los actuales gobiernos, con lo maquiavélicos que están resultando ser, se les hubiese ocurrido tamaña estratagema con la que mantener controlada a la plebe.

Pero hablemos de lo que realmente me incomoda: la Iglesia católica, que es la que me atañe de forma más directa. Desde hace unos años la considero uno de los grandes males de la sociedad en la que vivimos. Un elemento descohesionador cuya principal función es impedir el progreso en cualquiera de sus ámbitos. Ella es la responsable de que las técnicas experimentales no puedan prosperar en el terreno de la medicina, o de que la libertad social de ciertos colectivos como el homosexual no se haya podido desarrollar plenamente hasta hace muy poco tiempo. La Iglesia es esa institución capaz de ir a África para condenar el uso preservativo, sin tener en cuenta lo necesario que es en el mundo subdesarrollado para mantener a raya a enfermedades del calibre del SIDA.

Su falta de escrúpulos llega a tal punto, que modifican las doctrinas que imparten según sople el viento. Hace poco me enteré de que esa región antes denominada limbo había dejado de existir. ¿Por orden directa de Dios? Pues no exactamente. Más bien por que la Iglesia lo consideró así. Hoy existe el limbo, mañana no. Quizá despertemos algún día con la noticia de que el cielo ha sido clausurado por falta de personal o que el infierno se ha visto infestado por una plaga de ciervos cantarines que le han quitado ese ambiente tétrico al que estábamos acostumbrados (esto sería para encandilar al público infantil, claro). Todo sea por mantener sus pseudoconvicciones a salvo, o lo que es lo mismo, por infundir el miedo necesario a sus seguidores para que éstos sigan en el rebaño.

En muchas ocasiones, cuando despotrico sobre la Iglesia en mi casa, mi madre me espeta que debo mostrar cierto respeto por ella pero, ¿por qué se supone que debo mostrar respeto hacia algo que no respeta a casi nadie? Entiendo que gran parte del personal eclesiástico realmente tiene inquietud por ayudar a la gente, es decir, por comulgar con las ideas que originariamente vende la Iglesia como señas de identidad, pero también considero que esa gente ayudaría igual con Iglesia que sin ella. Por ello, creo que la Iglesia no sólo es prescindible, sino que su fin supondría un gran avance para la humanidad. Abogo por que la religión sea interpretada individualmente por cada creyente, y que no venga dada por una serie de ideas manidas por una institución que sólo pretende mantener cierto poder de decisión en el mundo actual. La libertad de creencia podría enriquecer mucho a las personas, hacerlas pensar sobre cosas que se escapan un poco del entendimiento humano adquiriendo así cierta independencia y recorrido intelectual, pero aprendiendo una serie de oraciones de memorieta como nos aprendíamos en el colegio las lecciones no se llega a ningún lado más que a una ignorancia que se lleva perpetuando desde que el ser humano recuerda.

Yo creo que, por el bien de la sociedad y de la coherencia, deberíamos despedirnos de uno de los últimos vestigios del pasado más atroz del ser humano. Digamos adiós a la Iglesia.

Brubo

domingo, 20 de junio de 2010

Vendetta (I)

Paolo Vendetta, 39 años. De origen italiano. Actualmente se encuentra en prisión tras unos hechos ocurridos hace dos años.

Su mal carácter empezó a nacer hace cinco años, cuando su mujer, Anna Manfredini y él, Paolo Vendetta, después de recibir una gran herencia, dejaron su Italia natal para ir a vivir a España y conocer nuevos lugares. Después de dos años viviendo en Madrid, Anna decidió dejar a su marido, sin dar explicaciones. Los primeros días fueron duros para Paolo, hasta que descubrió que su ya exmujer se había enamorado de Edu Sánchez, un conocido cantante madrileño. La tristeza desapareció del corazón de Paolo para ser sustituida por odio y rencor, tanto para Anna como para Edu.

Pese a esto, Paolo estuvo dos años sin hacer nada más que tragarse su furia. Pasaba los días maldiciendo a su mujer por dejarle por un cantante. Maldiciendo al cantante por destrozar su matrimonio y, sobre todo, y era lo que más le dolía, maldiciéndose a sí mismo por haber confiado tantos años en Anna para que todo acabase así. Lo único que le distraía eran los paseos que daba por todo Madrid. Cada día a las doce salía, quizá con la esperanza de encontrar algo que mejorase su vida y que le permitiera olvidar el pasado. Un día lluvioso, durante uno de sus paseos, encontró un hombre sentado en el suelo. En seguida se dio cuenta que no tenía dónde ir, que vivía en la calle soportando las inclemencias del tiempo. No pasó ni medio minuto desde que lo vio que se le ocurrió una idea. Se le acercó y sin dudarlo le dijo:
- Buenos días. Mi nombre es Paolo Vendetta, ¿quiere acompañarme?
El hombre se lo quedó mirando. Muchos eran los que se le acercaban para reírse de su situación. Como si no tuviera bastante ya. Por eso mismo, pronto apartó la mirada para fijarla en el sombrero viejo y agujereado que le servía para pedir algo de dinero. Paolo repitió:
- ¿Quiere acompañarme? Le puedo ofrecer un techo bajo el que vivir y comida caliente. No volverá a pasar frío los días como éste.
Esta vez, el hombre reaccionó, levantándose rápidamente. Paolo hizo un gesto indicándole que le siguiera.

Al llegar a casa, Paolo le preparó un café bien caliente y unas prendas de ropa limpia. Pronto el hombre empezó a confiar en él y se presentó. Su nombre era Andrés y llevaba viviendo en esa situación desde que hacía dos meses había dejado el pueblo donde nació, en Toledo, para ir a vivir a la capital. Paolo, sin prestar demasiada atención a lo que su huésped le explicaba, le interrumpió:
- Necesito tu ayuda. Te prometo que si me prestas atención durante cinco minutos y haces lo que te digo, podrás quedarte a vivir aquí el tiempo que quieras.
- ¿De verdad? – contestó Andrés – Haré lo que haga falta.

Estuvieron hablando durante más de una hora y, al día siguiente, salieron de casa temprano en dirección a Barcelona, donde Paolo sabía que su mayor enemigo, Edu Sánchez, realizaría un concierto por la noche. Paolo recordó a su cómplice lo que debía hacer. Durante el concierto, cuando Edu estuviera solo en el escenario, Andrés debía salir a matarlo, aprovechando la poca visibilidad que habría debido al humo de los conciertos. Recalcó, sobre todo, que no podía dejar pistas que pudieran delatarle. Andrés se marchó pensativo, sentándose en un banco cerca del recinto donde tendría lugar el concierto. Estuvo allí durante un buen rato, hasta que sus pensamientos se vieron interrumpidos por una chica que se le acercó:
- Hola, ¿qué haces aquí sentado? ¿Has venido a ver el concierto de mi padre?
Andrés contestó sorprendido, a la vez que asustado:
- ¿Tu padre? ¿Eres la hija de Edu Sánchez?


continuará...
Kubb

viernes, 18 de junio de 2010

Cambios

Una vez acaba algo, es inevitable hacer una reflexión sobre ello. Unos la harán por escrito, otros la comentarán con sus amigos y otros simplemente la pensarán. Unos estarán valorando sus vivencias durante días, mientras que otros sólo pensaran en ello si alguien les habla al respecto. Después de leer esto, supongo que me encasillaréis en uno de estos grupos (en realidad dos, que hay dos categorías). No sé si os equivocaréis o no, ni yo misma estoy segura a qué grupo pertenezco. Sólo sé que acaba una etapa de mi vida, y que, aprovechando la creación de este blog, me apetece escribir sobre ello.


Primeramente, el temor de comenzar algo nuevo. Ese gran enemigo mío que me acompaña allá donde vaya. Miedo a los cambios. De cualquier tipo. Pero más aún a cambios en mi rutina de vida. Cambio de compañías, cambio de lugar de estudio, e incluso cambio en la hora de levantarme por las mañanas (aunque entonces, más que el miedo, es la pereza la que se apodera de mí). Recuerdo el principio de todo esto, hace algo menos de dos años. Recuerdo la sensación al ver caras nuevas, al ver que ni yo conocía a nadie ni nadie me conocía a mí. Da gracias si alguno sabía mi nombre. Recuerdo una soledad inmensa, que, en cierto modo, prefería a la “compañía” del año anterior, llena de falsos amigos que, afortunadamente, desaparecieron de mi vida. Pero sin duda la parte desagradable de esa situación, en el momento, era mucho mayor que la, de alguna manera, agradable. Sentía miedo, temor al pensar que, por ser tan tonta, esa situación durara los dos años que me quedaban allí.


Por suerte, pronto la situación cambió, no sin haber habido varios altibajos. Pero hoy, una vez acabada esta corta fase en mi poco más larga vida, me siento feliz. Porque acerté en el cambio, cambio que actualmente agradezco y reconozco que necesitaba. Aguanté lo malo para llegar a lo que mejoraría gran parte de aquello que me hacía levantarme por las mañanas con asco y con ganas de quedarme en casa. No, no digo que esto último se me haya pasado en ningún momento. Pero a lo largo de estos meses, pocas veces ha sido algo más que el sueño que tengo al levantarme antes de las siete de la mañana. Y como desconozco si habrá algo más que mi mente no puede comprender, simplemente agradezco esto a los factores que en su momento me hicieron decidir dónde ir y qué camino coger. A la cercanía del centro a mi casa, al hecho de conocer cuatro gatos allí, a tener narices de enfrentarme a una clase en la que sabía que estaría sola, e incluso, apurando, a un cambio en una decisión que me hizo borrar una cruz y marcarla en el cuadradito siguiente.


Ahora… siento algo más de lo mismo del principio. Miedo, temor. De lo que me espera, de lo que pasará, de qué será de mí dentro de un año. Y sólo espero que, al menos, en unos meses piense que haya valido la pena. Los cambios nunca me han gustado, no me gustan ahora y posiblemente no me lleguen a agradar del todo nunca. Pero acepto que forman parte del curso de la vida y, el recuerdo de una buena experiencia después de un cambio es, sin duda, lo mejor para afrontar el siguiente. No tengo, pues, motivos para desconsolarme y sacar lo más pesimista de mí cuando llegue el momento. Lástima que, a quien menos caso hago, es a mí misma.


Kubb

miércoles, 16 de junio de 2010

Aprendiendo a sortear el aburrimiento


Generalmente, el ser humano es propenso a huir de cualquier sombra que presagie aburrimiento. No es que nos preocupe mucho a priori padecerlo, pero cuando experimentamos realmente esa sensación tendemos a delirar, a manifestar tics nerviosos que no conocíamos, nos entra somnolencia, nuestra voluntad se ve nublada e incluso anulada, nuestra atención se disipa, nuestros párpados se cierran…


En definitiva es un bucle cuya salida se ve difusa. Digamos que el aburrimiento sólo engendra más aburrimiento. Te ancla en ese estado sempiternamente hasta que algo ajeno a ti y a las circunstancias que tú puedes controlar ocurre. Quizá suene el teléfono, te llame tu madre o un mosquito revolotee de forma perceptiblemente aleatoria alrededor de tu cabeza. Cualquier excusa es válida para que esta situación termine. Pero, ¿qué sucede si no hay nada ajeno que logre captar tu atención lo suficiente como para dejar de aburrirte? Se me ocurren varias cosas, aunque confieso que suelo optar por levantarme (suponiendo que esté sentado, claro), ir al baño y lavarme la cara. Luego es posible que siga aburriéndome, pero y qué me contáis de ese encantador momento en el que el agua fresca rozaba mi piel haciéndome creer que mi mal estaba superado. Sí, tan impagable como vano.


Lo que quiero decir con todo esto es que temo al aburrimiento. Temo que los segundos se vuelvan minutos, que mi reloj digital amague con detenerse. Temo que Internet deje de tener alicientes para mí por unos momentos, o que en la televisión nada me sacie. También temo encontrar la nevera desértica, que mi cocina parezca recién saqueada por una especie de duendecillo maligno cuya única intención sea mantenerme enclaustrado en mí mismo, sin saber qué hacer.


Como sé que no es fácil salir de un episodio de aburrimiento casi crónico, prefiero evitarlo. Para eso he ido elaborando a lo largo de mi vida una serie de recursos a los cuales acudo en caso de necesidad, y que son muy útiles a la hora de dar esquinazo a tan vil enemigo. El problema viene cuando la estación estival se acerca. Mientras que para la mayoría del mundo el verano no representa más que una liberación del mundo que te tiene esclavizado durante el resto del año, para otros, además de suponer esa liberación en gran medida, representa un atolladero repleto de aburrimiento. Es, sin duda, una estación con trampa, como esos Ferrero Rocher que han sobrado del invierno y que te dispones a saborear cuando te das cuenta de que eso ya no es chocolate con almendras, sino una masa heterogénea que se deshace en tus manos y que posiblemente descienda ya por tu pantalón como si de un río se tratase. Sí amigos míos, esa es una de las trampas que encierra el verano, pero ni mucho menos la peor. En mi humilde opinión, lo peor del verano en lo que al aburrimiento se refiere es el calor. El calor tiene cierta habilidad para arroparte en un cálido a la vez que empalagoso velo de sopor del que es difícil desprenderse. Ya no vale el truquito del agua, porque el agua se va evaporando según sale del grifo, tampoco mis recursos antiaburrimiento. Todo lo que no implique eliminar ese calor es inútil frente a él. Como lamentablemente no dispongo de un sistema de aire acondicionado que apacigüe el horno en el que se convierte mi casa en verano, sino de unos ventiladores cuya función no va más allá de remover un aire excesivamente caliente emulando así el mismo horno pero con campana extractora incorporada, pues me tengo que aguantar. Qué se le va a hacer.


A lo que voy con todo esto del verano y el aburrimiento es que cada año me las tengo que ingeniar para no convertirme en tortuga durante las vacaciones. El año pasado, por ejemplo, surgió escribir una historia novelada sobre unos personajes ficticios que realmente no llegó a buen puerto, pero que al menos sirvió para lo que tenía que servir, para entretener. Este año hemos pensado (somos un grupo muy selecto de jóvenes españoles con inquietudes, en realidad dos) crear un blog. Este blog. Un blog donde podamos escribir lo que nos dé la gana. Puede que un día Alberti de Lomo amanezca con un relato corto, con una crítica literaria o con una oda. Puede que ésta sea la única vez que Alberti de Lomo amanezca con algo novedoso. Veremos a ver en qué queda todo esto.

Brubo