martes, 24 de agosto de 2010

El cerro

En un pueblecito de Toledo es donde aún permanece este cerro, melancólico por un pasado que nunca volverá. Lejano queda ya su apogeo, cuando cada noche se convertía en un hervidero de vida. Vida de cualquier edad, pero vida ansiosa por vivir.


Era como un ritual. Él ponía el sitio y el resto lo convertíamos en una representación diferente cada vez. Algunas noches habría sido envidiado por las propias Vegas, otras se convertía en un improvisado café donde cada uno contaba sus vivencias. Desde los más jóvenes con sus problemas en el colegio, hasta los mayores del grupo, con mucha historia a sus espaldas. Siempre había cabida para el entretenimiento.


Pocas cosas me gustaban de mi pueblo, pero siempre recordaré aquel cerro, y creo que siempre lo añoraré.


Las vidas con las que compartía aquellas noches de verano se fueron apagando poco a poco, y yo continué creciendo. Cada vez que ahora vuelvo a mi pueblo los recuerdos se apoderan de mí. Me parece revivir aquellas sensaciones, para al final acabarme dando cuenta de que todo eso es irrecuperable. De que lo que viví en mi infancia nunca volverá, y aquellas entrañables personas que me alegraban los días tampoco. Sólo permanecerán en el recuerdo de unos pocos afortunados que pudimos conocerlos.


En estos últimos meses he empezado a ser verdaderamente consciente de la fugacidad de la vida. No sólo por todos los que nos han dejado, sino porque me he dado cuenta de que yo tampoco soy el mismo. Aquel niño del cerro probablemente quedó en el cerro, al igual que el resto. A veces imagino que siguen allí, como cada verano, ignorantes del tiempo que al final los acalló.


Por el cerro, al que siempre reservaré un pedacito de mi memoria.


Brubo

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