Generalmente, el ser humano es propenso a huir de cualquier sombra que presagie aburrimiento. No es que nos preocupe mucho a priori padecerlo, pero cuando experimentamos realmente esa sensación tendemos a delirar, a manifestar tics nerviosos que no conocíamos, nos entra somnolencia, nuestra voluntad se ve nublada e incluso anulada, nuestra atención se disipa, nuestros párpados se cierran…
En definitiva es un bucle cuya salida se ve difusa. Digamos que el aburrimiento sólo engendra más aburrimiento. Te ancla en ese estado sempiternamente hasta que algo ajeno a ti y a las circunstancias que tú puedes controlar ocurre. Quizá suene el teléfono, te llame tu madre o un mosquito revolotee de forma perceptiblemente aleatoria alrededor de tu cabeza. Cualquier excusa es válida para que esta situación termine. Pero, ¿qué sucede si no hay nada ajeno que logre captar tu atención lo suficiente como para dejar de aburrirte? Se me ocurren varias cosas, aunque confieso que suelo optar por levantarme (suponiendo que esté sentado, claro), ir al baño y lavarme la cara. Luego es posible que siga aburriéndome, pero y qué me contáis de ese encantador momento en el que el agua fresca rozaba mi piel haciéndome creer que mi mal estaba superado. Sí, tan impagable como vano.
Lo que quiero decir con todo esto es que temo al aburrimiento. Temo que los segundos se vuelvan minutos, que mi reloj digital amague con detenerse. Temo que Internet deje de tener alicientes para mí por unos momentos, o que en la televisión nada me sacie. También temo encontrar la nevera desértica, que mi cocina parezca recién saqueada por una especie de duendecillo maligno cuya única intención sea mantenerme enclaustrado en mí mismo, sin saber qué hacer.
Como sé que no es fácil salir de un episodio de aburrimiento casi crónico, prefiero evitarlo. Para eso he ido elaborando a lo largo de mi vida una serie de recursos a los cuales acudo en caso de necesidad, y que son muy útiles a la hora de dar esquinazo a tan vil enemigo. El problema viene cuando la estación estival se acerca. Mientras que para la mayoría del mundo el verano no representa más que una liberación del mundo que te tiene esclavizado durante el resto del año, para otros, además de suponer esa liberación en gran medida, representa un atolladero repleto de aburrimiento. Es, sin duda, una estación con trampa, como esos Ferrero Rocher que han sobrado del invierno y que te dispones a saborear cuando te das cuenta de que eso ya no es chocolate con almendras, sino una masa heterogénea que se deshace en tus manos y que posiblemente descienda ya por tu pantalón como si de un río se tratase. Sí amigos míos, esa es una de las trampas que encierra el verano, pero ni mucho menos la peor. En mi humilde opinión, lo peor del verano en lo que al aburrimiento se refiere es el calor. El calor tiene cierta habilidad para arroparte en un cálido a la vez que empalagoso velo de sopor del que es difícil desprenderse. Ya no vale el truquito del agua, porque el agua se va evaporando según sale del grifo, tampoco mis recursos antiaburrimiento. Todo lo que no implique eliminar ese calor es inútil frente a él. Como lamentablemente no dispongo de un sistema de aire acondicionado que apacigüe el horno en el que se convierte mi casa en verano, sino de unos ventiladores cuya función no va más allá de remover un aire excesivamente caliente emulando así el mismo horno pero con campana extractora incorporada, pues me tengo que aguantar. Qué se le va a hacer.
A lo que voy con todo esto del verano y el aburrimiento es que cada año me las tengo que ingeniar para no convertirme en tortuga durante las vacaciones. El año pasado, por ejemplo, surgió escribir una historia novelada sobre unos personajes ficticios que realmente no llegó a buen puerto, pero que al menos sirvió para lo que tenía que servir, para entretener. Este año hemos pensado (somos un grupo muy selecto de jóvenes españoles con inquietudes, en realidad dos) crear un blog. Este blog. Un blog donde podamos escribir lo que nos dé la gana. Puede que un día Alberti de Lomo amanezca con un relato corto, con una crítica literaria o con una oda. Puede que ésta sea la única vez que Alberti de Lomo amanezca con algo novedoso. Veremos a ver en qué queda todo esto.
Brubo
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