viernes, 18 de junio de 2010

Cambios

Una vez acaba algo, es inevitable hacer una reflexión sobre ello. Unos la harán por escrito, otros la comentarán con sus amigos y otros simplemente la pensarán. Unos estarán valorando sus vivencias durante días, mientras que otros sólo pensaran en ello si alguien les habla al respecto. Después de leer esto, supongo que me encasillaréis en uno de estos grupos (en realidad dos, que hay dos categorías). No sé si os equivocaréis o no, ni yo misma estoy segura a qué grupo pertenezco. Sólo sé que acaba una etapa de mi vida, y que, aprovechando la creación de este blog, me apetece escribir sobre ello.


Primeramente, el temor de comenzar algo nuevo. Ese gran enemigo mío que me acompaña allá donde vaya. Miedo a los cambios. De cualquier tipo. Pero más aún a cambios en mi rutina de vida. Cambio de compañías, cambio de lugar de estudio, e incluso cambio en la hora de levantarme por las mañanas (aunque entonces, más que el miedo, es la pereza la que se apodera de mí). Recuerdo el principio de todo esto, hace algo menos de dos años. Recuerdo la sensación al ver caras nuevas, al ver que ni yo conocía a nadie ni nadie me conocía a mí. Da gracias si alguno sabía mi nombre. Recuerdo una soledad inmensa, que, en cierto modo, prefería a la “compañía” del año anterior, llena de falsos amigos que, afortunadamente, desaparecieron de mi vida. Pero sin duda la parte desagradable de esa situación, en el momento, era mucho mayor que la, de alguna manera, agradable. Sentía miedo, temor al pensar que, por ser tan tonta, esa situación durara los dos años que me quedaban allí.


Por suerte, pronto la situación cambió, no sin haber habido varios altibajos. Pero hoy, una vez acabada esta corta fase en mi poco más larga vida, me siento feliz. Porque acerté en el cambio, cambio que actualmente agradezco y reconozco que necesitaba. Aguanté lo malo para llegar a lo que mejoraría gran parte de aquello que me hacía levantarme por las mañanas con asco y con ganas de quedarme en casa. No, no digo que esto último se me haya pasado en ningún momento. Pero a lo largo de estos meses, pocas veces ha sido algo más que el sueño que tengo al levantarme antes de las siete de la mañana. Y como desconozco si habrá algo más que mi mente no puede comprender, simplemente agradezco esto a los factores que en su momento me hicieron decidir dónde ir y qué camino coger. A la cercanía del centro a mi casa, al hecho de conocer cuatro gatos allí, a tener narices de enfrentarme a una clase en la que sabía que estaría sola, e incluso, apurando, a un cambio en una decisión que me hizo borrar una cruz y marcarla en el cuadradito siguiente.


Ahora… siento algo más de lo mismo del principio. Miedo, temor. De lo que me espera, de lo que pasará, de qué será de mí dentro de un año. Y sólo espero que, al menos, en unos meses piense que haya valido la pena. Los cambios nunca me han gustado, no me gustan ahora y posiblemente no me lleguen a agradar del todo nunca. Pero acepto que forman parte del curso de la vida y, el recuerdo de una buena experiencia después de un cambio es, sin duda, lo mejor para afrontar el siguiente. No tengo, pues, motivos para desconsolarme y sacar lo más pesimista de mí cuando llegue el momento. Lástima que, a quien menos caso hago, es a mí misma.


Kubb

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